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Otra vez los concejales: Cultura vs. Vulgaridad

En el vasto escenario de la vida contemporánea, donde los contrastes y paradojas se entrelazan en una danza inquietante, se erige una pregunta que nos confronta con nuestra propia naturaleza: ¿por qué la vulgaridad parece prevalecer sobre la cultura?

La respuesta, como en los laberintos borgianos, se encuentra oculta en los pliegues de la historia y en los intersticios de la condición humana. La vulgaridad, ese vicio degradante que degrada los valores y trivializa el conocimiento, ha logrado infiltrarse en los rincones más profundos de nuestra sociedad, contaminando incluso los espacios que deberían ser santuarios de sabiduría y belleza.

Una vez más los protagonistas estelares del peor Concejo Deliberante que recuerde la historia democrática de la ciudad, dieron la consabida nota de vulgaridad.

Aprobaron por unanimidad un proyecto de resolución de autoría de Nacho Palarik, en el cual se declara de interés municipal la “trayectoria artística” de grupo La T y La M, hasta ahí el papelón se puede disimular, pero lo curioso es que los ediles se despachan en el texto con “el aporte a la música…”, lamentablemente nadie abrió la boca para argumentar la genialidad, muchos nos quedamos expectantes intentando saber cuál era el vinculo entre La T y La M y la música, ni siquiera el caricaturesco José García nos ilustró con su vasto vocabulario de 23 palabras.

La pregunta que nos hacemos es ¿cómo es posible que la vulgaridad haya conquistado el terreno que alguna vez fue reservado para el esplendor de la cultura? La respuesta yace en la fragilidad del espíritu humano, en nuestra propensión a la comodidad y al entretenimiento fácil. En un mundo acelerado y obsesionado con lo efímero, la vulgaridad se presenta como una opción seductora, una vía de escape rápida y sin esfuerzo.

La cultura, en cambio, exige dedicación, disciplina y una búsqueda constante de conocimiento. Requiere tiempo y paciencia para sumergirse en las obras maestras de la literatura, la música, la pintura o el pensamiento filosófico. La cultura nos invita a cuestionar, a explorar nuevos horizontes y a trascender los límites impuestos por la mediocridad.

Pero, en un mundo donde lo inmediato prevalece sobre lo duradero, la cultura se ve amenazada. La vulgaridad, con su seducción superficial, se adueña de los espacios públicos y privados, convirtiendo la banalidad en la norma y el contenido vacío en el rey indiscutible.
La vulgaridad, en su afán de conquista, desdibuja los límites entre lo público y lo privado, entre lo trascendental y lo efímero. Invade nuestras cámaras de representantes, los medios de comunicación, nuestras redes sociales y nuestras conversaciones cotidianas. La vulgaridad nos rodea, nos envuelve, nos seduce con sus chistes simplistas, sus comentarios despectivos y su obsesión por lo superficial.

Pero, en medio de esta invasión desenfrenada, debemos recordar que la cultura tiene un poder intrínseco que no puede ser eclipsado por la vulgaridad. La cultura nos conecta con nuestra esencia humana, nos permite reflexionar sobre nuestra existencia y nos invita a trascender los límites impuestos por la mediocridad.

En un mundo dominado por la vulgaridad, debemos aferrarnos a la cultura con fuerza y determinación. Debemos valorar el conocimiento, el arte, la literatura y todas las manifestaciones de la creatividad humana. Debemos resistir la tentación de caer en la superficialidad y la mediocridad, y buscar la grandeza que solo la cultura puede ofrecer.

La vulgaridad puede haber encontrado un espacio en nuestras vidas, pero no puede reemplazar la riqueza y el significado que la cultura nos brinda. Es nuestra responsabilidad cultivar la cultura en nuestros corazones y en nuestras comunidades, para resistir la vulgaridad y preservar la grandeza que nos define como seres humanos.

En el enfrentamiento entre la vulgaridad y la cultura, debemos ser guardianes de la grandeza que reside en nuestro espíritu y en nuestras obras. No permitamos que la vulgaridad nos arrastre hacia la mediocridad. Abracemos la cultura con pasión y compromiso, y descubramos la belleza y el significado que nos aguardan más allá de la superficie.

La vulgaridad puede ser una presencia constante en nuestra realidad, pero no puede vencer la esencia profunda de nuestra humanidad. En nuestras manos está preservar la cultura y protegerla de los embates de la trivialidad (y de los concejales). Es un desafío que vale la pena asumir, porque en la defensa de la cultura encontramos la verdadera elevación del espíritu y el verdadero sentido de nuestra existencia.

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