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El día que Dios fue cocalero en Salta

Por Nahuel Toledo
Cualquier similitud es pura coincidencia… y realidad
En tiempos de pandemia coquear no fue fácil ni mucho menos económico. La imposibilidad de importar el producto como consecuencia del cierre de fronteras provocó un quiebre en el stock y la poca coca que había se conseguía a precios siderales. El cuarto de kilo podía llegar a comercializarse hasta $15.000, durante esos días.
En relación al coqueo siempre es importante remarcar que esta práctica ancestral camina por un delgado sendero entre la legalidad –no está penado su consumo– pero no hay leyes nacionales que regulen su importación, acopio, fraccionamiento y venta para uso doméstico e investigación científica. De hecho, la ley 17.818 en su artículo quinto detalla: “Sólo podrán ser importados, exportados o reexportados los estupefacientes comprendidos en el artículo 1°, por puertos o aeropuertos bajo jurisdicción de la Aduana de la Capital Federal, exceptuando hojas de coca para expendio legítimo en la región delimitada por la autoridad sanitaria nacional, las que podrán también ser importadas por las aduanas de la frontera con la República de Bolivia”.
Ante este escenario, la coca siempre se mueve en un mercado informal y durante el aislamiento de gran parte de la población el mercado fue todavía más informal y algunos herejes hicieron grandes negocios con esta noble hoja.
De pronto, así de un día para otro, la coca empezó a aparecer y se diseminó como maná que caía del cielo -para seguir con las metáforas bíblicas-, pero nadie sabía cómo llegaba. Las rutas parecían terrenos abandonados, las fronteras estaban cerradas y sin embargo la coca pululaba por decenas de comercios de distintos rubros.
Lo llamativo del suceso provocó que las autoridades políticas de esta tradicional provincia busquen interiorizarse y pedir respuestas. Así fue como en la Cámara de Senadores, uno de los referentes presentó un pedido de informe para que el ministro de Seguridad de aquel entonces explique cómo se distribuían centenares de kilos que habían llegado a la provincia producto de secuestros e incautaciones de las autoridades nacionales.
Después de algunos días las respuestas oficiales llegaron, pero no evacuaron todas las dudas porque en las calles los carteles que ofrecían coca se diseminaban como pólvora. “Llegó coca”, “Arreglamos zapatos y vendemos coca”, “Empanadas de carne, pollo, queso. Y coca” se podía leer en algunas paredes o pizarrones improvisados
“Hola. Llegó la coca”, fue el mensaje que le transmitieron a un comerciante por teléfono y luego le brindaron datos precisos sobre cómo debía retirar la mercadería.
La información recibida sorprendió a propios y extraños. Ni en el mejor de sus relatos de realismo mágico, a Gabriel García Marquéz se le hubiese ocurrido contar que la coca era acopiada en una iglesia. Sí, la cita era en la mismísima casa de Dios. En esta sucursal norteña de Macondo todo es posible.
Obediente y disciplinado, el comerciante cumplió y a la hora marcada se apersonó al templo convocado. Allí, se abrió un portón para que pueda ingresar con su vehículo y un grupo encapuchado con pasamontañas le dio la bienvenida. “Esto es simple, entrás, cargás lo que te entre y te vas”, le dijeron.
Adentro del templo, sí, adentro del templo no había sacerdotes, sacramentos, coros ni gente rezando. Las banquetas del lugar estaban repletas de bolsones que parecían estar escuchando algún sermón imaginario. Una vez más, el comerciante cumplió. No miró mucho para sus costados y se concentró en cargar la mayor cantidad de coca para después vender. Terminado este proceso se retiró.
Después de esto se preguntarán si esto quedaba así nomás. La respuesta es no. El comerciante, que no sabía con exactitud cuántos kilos de coca podría llegar a tener en sus manos, debía vender la mercadería y tributar un porcentaje de dicha venta al mesías de esta revolución cocalera, temporal y protegida con barbijos y alcohol en gel.
A la hora pautada, el mesías se apersonaba a sus sucursales de tierra prometida en un impoluto rodado y sin la necesidad de expresar ni una sola palabra recibía el diezmo de sus seguidores.
Al tercer día -en realidad fueron un par de largas semanas, pero es importante mantener el tenor religioso del relato- al mesías no le hizo falta resucitar pero con la tranquilidad del deber cumplido levantó campamento y dio por finalizada su gesta para buscar nuevas aventuras.
De sus nuevas andanzas no hemos tenido mayores novedades, pero sus fieles creyentes lo recuerdan y no se olvidan que durante esos días de otoño sintieron tocar el cielo con las manos. El éxito es efímero y ellos dan fe.

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